El herpes zóster, conocido comúnmente como culebrilla, es una afección que suele aparecer de manera inesperada y generar inquietud, sobre todo porque muchas personas no conocen su verdadero origen ni las razones por las que puede manifestarse incluso en individuos que aparentan buena salud. Aunque no siempre se habla de él, se trata de una condición relativamente frecuente, especialmente con el paso de los años, y comprenderla resulta clave para actuar con responsabilidad y evitar complicaciones.
Esta enfermedad está relacionada con el virus varicela-zóster, el mismo que causa la varicela. Tras superar la varicela, generalmente en la infancia, el virus no se elimina completamente del organismo. Permanece inactivo durante largos períodos, alojado en el sistema nervioso, sin provocar síntomas visibles ni molestias.

Con el tiempo, y bajo determinadas circunstancias, ese virus puede reactivarse y dar lugar al herpes zóster. Este proceso suele estar asociado a una disminución de las defensas del organismo. Factores como el envejecimiento natural, el estrés prolongado, ciertas enfermedades, tratamientos médicos específicos o episodios de desgaste físico y emocional pueden favorecer esta reactivación. Por esta razón, aunque es más común en adultos mayores de 50 años, también puede presentarse en personas más jóvenes.
Uno de los aspectos menos conocidos del herpes zóster es que no siempre comienza de forma evidente. En muchos casos, los primeros signos son sutiles y pueden pasar desapercibidos. Sensaciones como dolor localizado, ardor, hormigueo o una sensibilidad inusual en una zona específica del cuerpo suelen ser las primeras manifestaciones. Estas señales pueden aparecer días antes de que se observe cualquier cambio en la piel.
Posteriormente, suele desarrollarse una erupción cutánea localizada, generalmente limitada a un solo lado del cuerpo. Este patrón tiene una explicación clara: el virus se reactiva a lo largo de un nervio específico, lo que provoca que las lesiones sigan un recorrido definido. Aunque la erupción es lo más visible, muchas personas señalan que el dolor asociado puede ser el síntoma más persistente.
En la mayoría de los casos, el herpes zóster tiene una evolución favorable cuando se recibe atención médica adecuada. El tratamiento oportuno puede ayudar a reducir la duración del episodio y disminuir el riesgo de secuelas. Sin embargo, cuando la atención se retrasa, puede desarrollarse una complicación conocida como neuralgia posherpética, caracterizada por dolor prolongado que puede persistir incluso después de que la erupción haya desaparecido.

Este dolor persistente puede afectar la calidad de vida, interfiriendo con el descanso, el sueño y las actividades diarias. Por ello, los profesionales de la salud recomiendan no ignorar las señales iniciales y buscar orientación médica ante síntomas que resulten inusuales o persistentes.
Una duda frecuente es si el herpes zóster es contagioso. En términos generales, una persona con esta afección no transmite herpes zóster a otra. No obstante, sí puede transmitir el virus varicela-zóster a personas que nunca han tenido varicela ni han sido vacunadas, lo que podría provocarles varicela. Por esta razón, durante la fase activa, se aconseja evitar el contacto directo con personas especialmente vulnerables.

En materia de prevención, en los últimos años se han desarrollado vacunas destinadas a reducir el riesgo de padecer herpes zóster y a disminuir la intensidad del cuadro en caso de que se presente. Estas vacunas suelen recomendarse principalmente en adultos mayores y en personas con determinados factores de riesgo, según las indicaciones de los organismos de salud.
Más allá de los tratamientos y las medidas preventivas, el herpes zóster deja una enseñanza importante: la salud no siempre se manifiesta a través de síntomas visibles. El equilibrio del sistema inmunológico, el manejo del estrés y la atención a las señales del cuerpo desempeñan un papel fundamental en el bienestar general.
En conclusión, el herpes zóster es una afección conocida pero a menudo subestimada. Informarse, reconocer sus primeras manifestaciones y actuar con responsabilidad puede marcar una diferencia significativa en su evolución. La información clara no busca generar temor, sino conciencia, y en este caso, estar atentos puede ayudar a evitar molestias prolongadas y complicaciones innecesarias.