En una fría y lúgubre habitación de hospital, iluminada únicamente por la tenue luz verdosa que atraviesa las persianas venecianas, una paciente despierta de golpe. Empapada en sudor, con lágrimas recorriendo sus mejillas y la respiración agitada, mira desesperadamente a su alrededor en busca de respuestas. Junto a su cama, una enfermera vestida de azul claro la sostiene con serenidad profesional y una sonrisa desconcertante.
La paciente, atrapada en una angustia sofocante, confronta a la trabajadora de salud entre sollozos.
—¿Dónde está mi hija? ¡Dígame dónde está Lucía! —suplica la mujer apretando las sábanas.
La enfermera no pierde la calma, pero su sonrisa se torna inquietante al responder.
—Tranquilícese, señora… usted nunca ha tenido hijos —afirma con frialdad.
—¡Sí tengo! Se llama Lucía… ¡sé que está aquí! —insiste la madre en desesperación.
La enfermera se inclina ligeramente hacia ella y le pronuncia unas palabras devastadoras.
—Lucía falleció hace cinco años —sentencia la enfermera.
La paciente queda congelada ante la revelación. En ese instante, un sutil crujido rompe el silencio del ambiente. En la muñeca de la madre resplandece una pulsera de cuentas de colores arcoríris.
—Escucha… alguien viene por el pasillo… —murmura la paciente mirando hacia la entrada.
—Aquí no hay nadie más —responde la enfermera sin mover un solo músculo.
La puerta de la habitación se abre lentamente con un chirrido perturbador. En el umbral del pasillo aparece la pequeña Lucía, vistiendo un vestido de dormir amarillo claro y llevando en su muñeca una pulsera exactamente idéntica a la de su madre.
—Mamá… no creas en nada de lo que te dice —advierte la pequeña con voz firme.
Al verse descubierta, la sonrisa de la enfermera desaparece por completo, transformando su rostro en una expresión seria y sombría mientras desliza lentamente su mano dentro del bolsillo de su uniforme.
