En un silencioso e inquietante pasillo de un hospital privado en la Ciudad de México, la luz blanca y fría de una lámpara del techo parpadea emitiendo un zumbido eléctrico constante. Las sombras duras recortan los muros verde pálido del recinto en plena noche. La tranquilidad del área se interrumpe abruptamente en el primer segundo por el sonido seco y fuerte de un impacto contra la pared.
Marina, débil y despeinada con su bata azul claro de hospital, empuja con fuerza al doctor Ortega contra el muro, sujetándolo desesperadamente del cuello de la bata con las manos temblorosas.
—¡Ese no es mi hijo! ¡Cámbienmelo ahora! —exclama Marina con la voz rota y deshecha en lágrimas.
El médico traga saliva, pega la espalda a la pared y levanta las manos en un intento por calmar la situación.
—Cálmese, señora. Es el mismo bebé que nació esta noche —responde el doctor Ortega intentando proyectar serenidad.
Marina apreta el agarre sobre la bata, lo mira fijamente con los ojos enrojecidos y se toca suavemente el cuello con dos dedos.
—Mi hijo tenía un lunar en el cuello. Este no lo tiene —asegura Marina con un temblor de pánico en la voz.
El médico se queda inmóvil y palidece al instante. Mira de reojo hacia el fondo del pasillo, donde una gran ventana de cristal muestra la sala de cunas en penumbra.
—Entonces ya lo notó. Ahora quédese callada y venga conmigo —murmura el doctor Ortega en voz muy baja.
Marina gira la cabeza lentamente hacia la ventana de la sala de cunas. Al otro lado del cristal, bajo una luz verdosa y tenue, la enfermera Rocío permanece de pie sosteniendo a un recién nacido envuelto en una manta blanca; en el cuello del pequeño se aprecia claramente un lunar oscuro.
Rocío sostiene la mirada a través del cristal, se baja despacio el cubrebocas azul esbozando una sutil sonrisa y corre la cortina blanca, ocultando la sala por completo antes de que la escena corte a negro.
El escalofriante gesto de la enfermera y la reacción del médico confirman que el intercambio de recién nacidos no fue un error administrativo, sino una maniobra deliberada en el hospital. Al descubrir que su verdadero hijo permanece dentro de las instalaciones, Marina se adentra en una carrera contra el tiempo para rescatarlo antes de que desaparezca del recinto.
