La última cena de Don Ernesto

octubre 1, 2026

En el majestuoso comedor de una lujosa mansión de estilo clásico, iluminado por una imponente lámpara de araña de cristal y rodeado de finas molduras de madera y cortinas de terciopelo rojo, se celebra un ostentoso banquete. Más de una docena de invitados vestidos con elegantes trajes de etiqueta y vestidos de gala disfrutan de la noche. La calma se quiebra cuando una joven empleada vestida con uniforme gris y delantal blanco sirve vino tinto en la copa de Don Ernesto hasta hacer que se derrame intencionalmente sobre el impoluto mantel blanco.

Mientras la bebida mancha la mesa, la empleada mira fijamente al dueño de la casa y pronuncia sus palabras con serena frialdad.

—Brinde con fuego, Don Ernesto… porque este es el último banquete de su imperio —sentencia ella con aplomo.

Don Ernesto, luciendo su impecable esmoquin y anillos ostentosos, suelta una carcajada llena de sarcasmo e incredulidad.

—¿Osas alzarme la voz en mi propia mesa? —cuestiona entre burlas.

Su esposa, ataviada con un elegante vestido champagne y un llamativo collar de diamantes, se pone de pie llena de indignación.

—¡Guardias, saquen a esta criada de mi vista! —exclama con altivez hacia la joven.

Sin perder la postura ni la tranquilidad, la empleada coloca la botella de vino sobre la mesa y encara a la pareja frente a todos los presentes.

—Usted ya no ordena aquí… Su casa, sus tierras y sus títulos me pertenecen —declara con firmeza.

—¿De qué mentira hablas? —interroga Don Ernesto, borrando de golpe su sonrisa.

—No hay mentira. Adquirí cada una de sus ruinas. Hoy soy su acreedora —responde ella.

En ese momento, un socio sentado a la mesa revisa su teléfono móvil aterrorizado, mientras gotas de sudor frío recorren su frente.

—Ernesto… el fondo que nos quebró… su firma está al frente —confirma con la voz temblorosa.

Desconcertado y acorralado frente a todos sus influyentes invitados, Don Ernesto la observa detenidamente mientras la joven comienza a desabrocharse el delantal de servicio.

—¿Qué monstruo se oculta tras ese uniforme? —pregunta desesperado.

Antes de que ella pueda responder, las gruesas puertas dobles del comedor se abren de par en par. Un abogado con gafas y un portafolios de cuero ingresa a la habitación apresuradamente.

—El verdadero señor de esta casa ha llegado… y la espera en el vestíbulo —anuncia el hombre.

La joven gira la cabeza serenamente hacia la entrada, dejando a Don Ernesto y a sus invitados en la ruina y con la intriga a flor de piel.