En el ambiente frío e higiénico de una morgue iluminada por la luz fluorescente y verdosa de las paredes de azulejos, yacen los secretos peor guardados. Sobre una mesa metálica de acero inoxidable, una mujer joven y de piel clara permanece cubierta con una sábana blanca. Un doctor de cabello canoso y bata blanca sostiene una bandeja de instrumentos, cuando la silueta sombría de un hombre elegante aparece caminando tras la puerta de cristal esmerilado al fondo de la sala.
De pronto, la mujer en la camilla abre los ojos, se lleva el dedo índice a los labios y mira fijamente al forense.
—Shh… Guarde el secreto si quiere salvarme… Dígale que mi corazón dejó de latir —susurra la mujer con voz helada antes de cerrar los ojos e inmovilizarse por completo.
La puerta de cristal se abre bruscamente. Un hombre alto de traje verde oscuro y camisa negra entra a la sala con paso firme y mirada dominante.
—Doctor… ¿ya podemos deshacernos del cadáver? —pregunta el hombre de traje con tono frío.
El doctor, tratando de disimular las manos temblorosas y la conmoción en su rostro, sostiene la bandeja metálica entre sus dedos.
—Casi… solo preparo el último detalle —responde el médico con voz entrecortada.
El médico sostiene la mirada del recién llegado mientras el cuerpo inerte de la mujer yace a centímetros de ambos. El hombre de traje no sospecha que la víctima que daba por fallecida escucha cada una de sus palabras bajo la sábana.
La toma corta abruptamente sobre el rostro desencajado del doctor, dejando en el aire la máxima tensión de saber si el secreto será descubierto antes de que el asesino abandone la morgue.
