En la penumbra de un muelle de carga industrial durante la noche, luminarias de pared emiten destellos amarillos y blancos sobre el concreto mojado. Al fondo, una cerca de malla ciclónica vibra levemente con el viento mientras sombras densas envuelven la escena. Una furgoneta blanca sin logotipos permanece estacionada con las puertas traseras abiertas, dejando al descubierto contenedores de plástico y una manta gris doblada. A lo lejos, figuras desenfocadas de otros reclusos con monos naranjas apenas se distinguen en la oscuridad.
Una reclusa de unos 27 años, con el cabello oscuro recogido en una coleta y la mirada fija y atenta, limpia el suelo con un trapeador. Sus movimientos son pausados y disimulados, observando meticulosamente cada rincón de la zona de carga.
A los pocos segundos, apoya el trapeador contra un poste metálico y camina a paso firme pero sigiloso hacia la parte trasera del vehículo. Se sube a la furgoneta, se desliza entre los contenedores de plástico y se cubre por completo con la manta gris, manteniéndose inmóvil y sin emitir un solo ruido.
Poco después, un guardia con chaqueta oscura y gorra negra se aproxima desde el exterior y cierra de golpe las puertas traseras, sumiendo el interior de la furgoneta en una penumbra casi absoluta.
Dentro del compartimento a oscuras, solo se escucha su respiración contenida. A través de una pequeña abertura en la tela, sus ojos atentos vigilan el entorno en un primer plano cerrado mientras el motor de la furgoneta se enciende y el vehículo comienza a avanzar sobre el grava.
La furgoneta se aleja del muelle de carga hasta perderse en la noche, dejando atrás únicamente el trapeador abandonado sobre el piso de concreto mojado bajo la luz fría de las lámparas industriales.
