En el vestíbulo a oscuras de un antiguo edificio de departamentos en la Ciudad de México, el silencio nocturno se quiebra bruscamente cuando una mujer se arroja presurosa al interior de un elevador de paredes de madera oscura y piso de mármol. Mientras las puertas metálicas comienzan a juntarse, tres golpes secos y retumbantes impactan desde el exterior, marcando el inicio de una atmósfera claustrofóbica bajo la tenue luz cálida de una lámpara que parpadea levemente en el techo.
Fabiola, agitada y descompuesta, golpea repetidamente el panel de botones con la palma de la mano para acelerar el cierre.
—¡Cierre la puerta, por favor, ya viene! —suplica Fabiola con la voz entrecortada por el pánico.
A su lado, un hombre mayor vestido con traje gris permanece rígido y de perfil, observando fijamente hacia el frente. Un último impacto apagado retumba en la rendija antes de que el metal selle el habitáculo y el elevador comience su marcha.
—Tranquila, señorita. ¿Quién viene? —pregunta Mauricio con un tono grave y sereno.
Fabiola aprieta el barandal de latón con manos temblorosas mientras la cabina vibrante asciende lentamente. Sus ojos se anegan de lágrimas.
—Una mujer con mi cara y mi abrigo. Me siguió desde la calle —susurra Fabiola con los labios temblando.
Mauricio aprieta ligeramente la mandíbula sin romper su postura ni dirigirle la mirada.
—No mire el espejo, señorita —advierte Mauricio en un murmullo helado.
Incapaz de contener la curiosidad, Fabiola gira la cabeza muy despacio hacia el gran espejo limpio que cubre la pared posterior de la cabina. La imagen proyectada en el cristal revela un espacio en el que solo ella aparece reflejada; la figura de Mauricio no existe en el reflejo, dejando la cabina virtualmente vacía a su alrededor.
Mientras la Fabiola real permanece inmóvil por el pavor, su propio reflejo rompe la sincronía: la figura del espejo gira la cabeza de frente hacia ella y le dibuja una sutil sonrisa. La luz cálida se torna en un tono verdoso antes del corte seco a negro, dejando al descubierto que la amenaza no venía desde la calle, sino que ya se encontraba confinada con ella dentro del propio elevador.
